En mi humilde opinión, ayer se fue un grande de la política argentina del último periodo democrático.
Evidentemente, como persona poderosa que era, no estaba exento de sombras y secretos. Sin embargo, quiero pensar y creo que iluminó más de lo que oscureció el escenario político de mi querida Argentina.
Debo comenzar por recordar a Eduardo Duhalde, su antecesor en el cargo de presidente. Siendo, este sí, un personaje oscuro y tétrico, le reconozco el haber asumido la papa caliente que era el país en enero de 2002, cuando tomó sus riendas. Reconozco que supo esquivar el tsunami que se preveía para una nación sin base institucional alguna en ese momento. Reconozco su acertada decisión de nombrar a Ricardo Lavagna como ministro de economía, un ministro al que hizo bueno el doloroso recuerdo de Domingo Cavallo. Y, finalmente, reconozco y celebro la decisión de nombrar como su sucesor al frente del PJ a Néstor Kirchner.
Un Kirchner que se presentó a las elecciones como el patito feo, perdón, como el pingüinito feo y acabo devorando a un dinosaurio como Carlos Saúl Menem, alias "El inombrable" (a posteriori, eso sí, y aunque yo mantenga la osadía de nombrarlo).
Sus rivales y detractores tildaron a Kirchner de autoritario. Bien, algunos ya conocemos un poco la idiosincrasia argentina. No importa el color ideológico, el argentino político es alguien para el que el rival (y más si este ostenta el poder) es autoritario por definición, por el hecho de no compartir su visión, sus propuestas y decisiones. La pasión y fanatismo que prestigia al fútbol argentino desprestigia la política argentina.
Creo obvio que para gobernar Argentina hay que ser lo suficientemente decidido para no escuchar a los 40 millones de presidentes que puede llegar a tener. Por supuesto que en una democracia hay que escuchar todas las voces que puedan aportar algo, pero en la sociedad argentina hay más de crítica visceral que ganas de aportarle soluciones al rival. En resumen, el que debe tomar la decisión final es el presidente, y eso muchas veces no deja contento a casi nadie. Como dijo K una vez: "Si estando en el gobierno tenés un millón de amigos es que no gobernás".
Deja para la historia el fin de la inmunidad de los genocidas, el fin de la sangría del Fondo Monetario Internacional respecto a la Argentina, la práctica desaparición del panorama político del inombrable al que he nombrado antes, la limpieza del poder judicial que, a base de coimas y amiguismo, permitió las tramposas y nefastas políticas neoliberales de los '90 .
También lega una regeneración, dentro de lo posible, del ejército y la tan temida policía argentina, un empujón a los derechos humanos como hacia mucho que no se veía allá (aunque ello le significara un enfrentamiento frontal con la poderosa Iglesia argentina) y un reconocimiento digno, más allá de la foto, de las madres y abuelas de gran parte de los argentinos (las de plaza de Mayo).
Por último, considero que dejó las bases de una recuperación económica y social que para sí quisieran, supongo, los países más ricos y poderosos.
Por lo expuesto, entiendo y comprendo que tuviera un club de enemigos más bien grande, pero también creo justo que el conjunto de afines fuera aun mayor que el de enemigos.
Desde la distancia veo a K como un punto de inflexión en la historia contemporánea, y ojalá que futura, de Argentina. Hay un antes y un después, y eso está al alcance de muy pocos.
Por todo ello, mis respetos y mi recuerdo para un político que estoy convencido hubiera podido contribuir a construir una América latina cada vez más libre y más justa para todos.
Cierto, todo muy cierto. América Latina integrada, ese es el sueño que vamos a seguir profundizando, y soñando...Gracias Cris por tus palabras.
ResponderEliminarcomo siempre, que finura¡¡¡
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