Hace pocos días vi una película, "Las viudas de los jueves", que con más o menos fortuna retrata un momento puntual de la historia reciente argentina (bueno, quizás no sea tan puntual y sea más cíclico). Muestra como sus 4 parejas protagonistas, partícipes de una situación artificial y artificiosa creada con la connivencia de los gobiernos argentinos de los '90, caen en la cuenta de que su fiesta ha terminado.
Recuerdo que a finales de 2001 los informativos empezaron a salpicar noticias procedentes de Argentina. Yo no terminaba de entender que pasaba, aunque sinceramente mi interés era relativo. Las primeras noticias daban a conocer el bloqueo de las cuentas bancarias de la población "de a pie". Después llegó el límite a la disponibilidad de los ahorros (creo recordar que se podían retirar 350 pesos por semana, o su equivalente en ese momento: 350 dólares).
Unos días después se anunciaba la devaluación del peso. La convertibilidad, el "1 a 1", había muerto. Los ahorros de la clase media habían volado en sus dos terceras partes. En los años anteriores se había podido elegir la moneda con la que relacionarse con los bancos. Si los ahorros se habían hechos en dólares, a partir de ese momento se tenían en pesos. En cambio si las hipotecas se habían contratado en dólares, los bancos reclamaban su pago en esa misma moneda.
Después de la tradicional comida navideña con los compañeros de trabajo recuerdo ver de reojo, sobre una mesa del restaurante, un ejemplar de El Periódico con una portada donde una fotografía a toda página mostraba policías a caballo golpeando con saña a personas que reclamaban que se fueran todos (los responsables políticos y económicos de esa situación) y que bien podrían haber sido mis vecinos. Me pareció leer que el titular mencionaba Argentina, me detuve. En efecto, era Argentina.
Se trataba de un país que en el plazo de poco más de una semana habría sido presidido, no podemos decir que gobernado, por 5 presidentes. Esto significó que institucionalmente casi dejó de existir.
Poco tiempo después mi madre viajo a Argentina.
Al regresar me conmovió el relato que me hizo de la situación. Le habían cambiado el país, sus recuerdos de infancia. Me describió las colas ante las ventanillas de los bancos. Colas pobladas de ancianos angustiados por el nuevo valor de sus pensiones, colas en las que la tensión de la espera nunca había sido tan intensa. Me describió la tristeza de la gente, el paisaje urbano desolador de una ciudad que ya no reconocía como el espacio en el que había crecido y se había hecho mujer. Sus recuerdos ya no se correspondían con la dolorosa realidad que se imponía ante sus ojos y su corazón.
En la primavera de 2002 mi corazón decidió que ese año viajaría por primera vez a Argentina, esa desconocida tan cercana para mí. El 2 de noviembre aterricé en el aeropuerto internacional de Ezeiza.
Mi estancia de 6 meses se concentró en Mar del Plata, ciudad balneario del país y conocida como "La Feliz", adjetivo de otros tiempos. Yo me encontré con una ciudad que no tenia nada que ver con la felicidad. Muchos edificios emblemáticos, como el Instituto Unzué, veían como el tiempo y la desidia le habían ido despojando de su pintura y de un añorado empaque. Supongo que podría definir ese periodo como la resaca de una marea que arrasó un país y dejó los restos del naufragio.
Recuerdo una sociedad triste, con un sentimiento de derrota que nunca había visto. El argentino es una persona eminentemente vital, activo, ingenioso. Si hay algo que no sea es una persona apática, pero en ese momento percibí una sociedad entregada y cansada de luchar. La gente no quería más, se había rendido.
Mucha gente se marchó de un país que parecía que les había dado la espalda de forma definitiva.
En mis últimos viajes a Argentina, sin embargo, percibí un dinamismo, una "polenta" (como dicen allá) que hecho de menos en Europa, y en especial en mi tierra: Cataluña.
Mientras Argentina vivía lo que he descrito anteriormente, desde aquí se observaba esa situación con una mezcla de compasión y de superioridad. Por una parte se compadecían de Argentina, pero sólo de boquilla. Sorprendía como un país con tantas posibilidades, con tanta riqueza potencial se encontraba en esa situación; olvidando, no obstante, la parte de responsabilidad correspondiente a los gobiernos y las empresas del primer mundo en unas políticas económicas y sociales "propuestas" para un campo de experimentación llamado Latinoamérica.
Por otro lado, se percibía una mirada con aires de superioridad, por encima del hombro, desde la certeza de que aquí nunca podría pasar algo como lo que sucedía en lo que una vez fue conocido como "el granero del mundo".
Vivíamos instalados en una fantasía donde se suponía accesible el acceso a viviendas sobrevaloradas por el precio del suelo y con las que el mercado inmobiliario permitía especular. Se creó la necesidad de consumir masivamente productos que al menor contratiempo eran sustituidos por otros nuevos, iguales o superiores.
Queriendo que la situación pasara desapercibida, el euro se convirtió en nuestro corralito particular. De un día para el otro perdimos cerca del 40% de nuestro poder adquisitivo; si bien a nivel macroecónomico fue positivo, para la economía doméstica del día a día fue mortal. Se empezó a apretar demasiado las tuercas a la clase trabajadora, restringiendo derechos ya adquiridos y exigiéndole más rendimiento económico a cambio de unos sueldos cada vez más ajustados con la amenaza de perder el trabajo. La vida no era tan diferente a la que observábamos en Argentina, pero poca gente se dio cuenta.
Y hace pocos años todo explotó. La avaricia desmedida de los bancos y agentes económicos, que rendían pleitesía al libre mercado y al capitalismo más salvaje, provocó que el saco se rompiera y nos despertáramos de golpe de un sueño que discretamente se había ido convirtiendo en pesadilla.
Como pasó en Argentina, el que no tenia nada que perder no perdió nada. Esta vez fueron los países ricos las víctimas de su propias políticas, aunque han querido arrastrar con ellos al resto de países. Sin embargo, una vez aprendida la lección, hace unos años que zonas como Latinoamérica se han alejado en lo posible del servilismo dogmático hacía EEUU y Europa, y han aplicado políticas más racionales y atentas con las personas, logrando así un progreso social y económico que antes no se les había sido permitido.
Quizás sea tiempo de reflexión, humildad y de empezar a tomar notas de quienes por experiencia nos pueden enseñar y de quienes debemos aprender para que lo único que nos quede de esta crisis sean los recuerdos.
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