Un sofá cómodo, una tele grande y un partido que mirar
El libro que se retoma, la luz que guía y las hojas desnudas
Un buen coche, una carretera vacía y la mejor compañía
¿Quién dijo que lo mejor ya pasó?
La mesa de al lado, los platos decorados y la comida servida
Un disco que gira, buen sonido y los recuerdos de una vida
Una conversación, dos amigos y una mujer compartida
¿Quién dijo que lo mejor ya se fue?
Una copa de vino, una canción de amor y una caricia en la mejilla
Las butacas del centro, la sala en silencio y mi chica que me mira
Mis sábanas perfumadas, la cama deshecha y tú estás en ella
¿Quién dijo que lo mejor ya se borró?
PENSAMIENTOS
domingo, 6 de marzo de 2011
domingo, 13 de febrero de 2011
TRISTEZA
Hoy escuchando "The long and winding Road" de los Beatles me he dado cuenta de que quizás no, quizás la vida no vaya siempre a mejor.
En nuestro trayecto vital vamos dejando los harapos de lo que una vez nos vistió, amistades incorruptibles se disuelven por la erosión del tiempo, la lejanía o la monotonía, y los amores permanentes se van para no regresar jamás.
Quizás tampoco el amor sea lo que se nos ha vendido siempre. Quizás sea otra cosa, no lo sé. Quizás tenga fecha de caducidad ¿Quién sabe?
Desde hace algún tiempo lucho con mis demonios interiores para no sucumbir ante la idea de que no importa lo que podamos hacer, que nuestras vidas las dominan otros con hilos no siempre finos, a veces de lo más burdos y groseros, pero que siempre están ahí.
No puedo estar seguro de que el futuro nos vaya a redimir. Quizás simplemente ya sea tarde.
Llevaba tiempo sin escribir, no encontraba nada que me motivase. Y quizás debería haber seguido así, sin escribir.
¿Egipto? Sí, es bonito ver como aun los jóvenes se pueden sacudir el yugo del poder, pero desgraciadamente la historia nos ha mostrado en no pocas ocasiones que desde arriba se permiten cambios para que nada cambie, que a veces hay que ceder un poco de cuerda, destensarla, para evitar que se rompa.
¿Egipto? Sí, es bonito ver como aun los jóvenes se pueden sacudir el yugo del poder, pero desgraciadamente la historia nos ha mostrado en no pocas ocasiones que desde arriba se permiten cambios para que nada cambie, que a veces hay que ceder un poco de cuerda, destensarla, para evitar que se rompa.
¿Cómo es posible qué en décadas anteriores, bien que mal, se permitiesen conductas a las que hoy en día no se les da legitimidad? Conductas colectivas e individuales que parecieron querer dibujar un cambio profundo. A veces creo que aquellos jóvenes sólo querían ocupar el lugar de sus mayores, no cambiar las cosas. Otra veces, sin embargo, creo que sí que se cambiaron para bien. No lo sé, hoy me le levantado un poco confundido, ¿o será confuso?
La próxima vez que me siente a escribir espero, sobretodo por mí mismo, poder hacerlo desde el optimismo, aunque sin olvidar nunca que hay algunos que dicen que un pesimista sólo es un optimista bien informado.
Con mis sombras dominando mi día de hoy, termino mi escrito, mi descarga, con una disculpa robada... perdón por la tristeza.
Con mis sombras dominando mi día de hoy, termino mi escrito, mi descarga, con una disculpa robada... perdón por la tristeza.
sábado, 12 de febrero de 2011
LSD
El hombre de la cabeza de martillo entró por la ventana
y tropezó con el hombre de la puerta de atrás
que venia huyendo del hombre huevo que lo perseguía con una ballesta.
Mientras tanto el tamborilero seguia cantando su canción
sin darse cuenta de que por detrás acechaban el señor cartero,
el hombre de ninguna parte y el cobrador de impuestos.
(¿Continuará?)
y tropezó con el hombre de la puerta de atrás
que venia huyendo del hombre huevo que lo perseguía con una ballesta.
Mientras tanto el tamborilero seguia cantando su canción
sin darse cuenta de que por detrás acechaban el señor cartero,
el hombre de ninguna parte y el cobrador de impuestos.
(¿Continuará?)
domingo, 14 de noviembre de 2010
¡¡¡GOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOL!!!
El balón salió por el costado de la cancha y volvió a entrar.
Uno de los chicos la recogió y se la cedió con el pie a su compañero para que sacase. No quería la más mínima responsabilidad, pensó "¿Por qué yo?". Todavía podían y tenían que empatar, pero había otros en su equipo con más afán de protagonismo del que él pudiera llegar a tener nunca.
Su compañero sacó pero devolviéndole la pelota. Sentía todas las miradas clavadas en él. Decidió pasarle la pelota a su portero, ese chico alto que hablaba con ese acento tan raro.
"El holandés", así le llamaban sus compañeros, siempre había sido víctima de burlas en la escuela: demasiado alto para su edad, demasiado flaco para hacer deporte... Por una razón u otra siempre le había costado mucho integrarse en un grupo hasta que aquel entrenador del colegio lo vio sentado en el banco del patio, mirando como los otros niños se divertían corriendo detrás de un balón, y le dijo que nadie quería ser portero, que si a él no le importaba el puesto, al menos por ese día, era suyo.
Alejándose de su portería controló la pelota y la golpeó con fuerza. El balón voló hacia el compañero que se lo reclamaba con el brazo en alto, se transformó en una cometa a la que todos los niños miran con deseo infantil. Sin embargo, el balón cayó en los pies equivocados. Lo controló el chico del pelo largo, pero del otro equipo. Ese pelo, que había sido su seña de identidad desde niño, de alguna manera le había ayudado a forjar su carácter. Era un líder auténtico, de los que reciben el liderazgo por respeto y confianza. Se había criado en un pequeño pueblo del interior y quizás por eso era como era: sencillo y sobrio.
Al verse con la pelota en los pies empezó a correr. El desconcierto rival le había dejado espacio para poder avanzar sin problemas hacia la defensa contraria, donde lo esperaban con ganas. Miró a la derecha y vio a su compañero desmarcado. Ese chico africano que esperaba el pase había llegado al país siendo adolescente, como tantos otros chavales, en busca de un sueño. Aterrizó en la capital, y después de probar en diferentes ciudades, se terminó estableciendo en una isla con su familia. Con el tiempo regresó a una de las ciudades que ya conocía, consiguió un trabajo temporal, y se estabilizó. Así como le había costado encontrar un lugar, no terminaba de encajar en el grupo aunque todos le respetaban. Jugaba con garra, con rabia. Nadie se atrevía a preguntarle de donde la sacaba, pero todos lo sabían. Menos mal que la canalizaba jugando con ellos.
Una vez recibido el balón, en cuatro zancadas se acercó al área contraria y, ante la ansiedad expectante del defensor, decidió centrar por bajo.
Uno
de los chicos que defendía, después de que la pelota le viniese casi
rebotada de un compañero, la despejó sacándosela de encima, sin
demasiado criterio. Por desgracia para su equipo llegó a aquel chico
discreto que parecía no correr, no hacer nada, pero al que todos sus
compañeros buscaban. Avanzó, levantó la cabeza e intuyó el desmarque que
esperaba. Hizo que la pelota dibujara una rosca perfecta en el aire.
Destinatario: aquel pibe argentino al que literalmente había visto
crecer
con los años; se desmarcó, saltó como sabiendo que su sueño se
encontraba a un metro por encima de él. Parecía que el balón y su sueño
lo iban a esquivar una vez más, pero una vez despegó del suelo echó el
cuerpo hacia atrás y los cabeceó. Mientras caía vio como esa pelota se
elevaba, superaba la altura de aquel gigante holandés, y después
planeaba en un descenso lento y cruel,... entraba, entraba, entraba....
¡¡¡GOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOL!!!
Al caer de nuevo al suelo, ya como el héroe de aquel grupo de muchachos llegados a la ciudad desde los más variopintos lugares, se le salió una de las zapatillas azules que le habían regalado hacía unos días y que justo estrenaba en ese partido, la tomó en la mano y salió corriendo. Algunos compañeros lo perseguían para abrazarlo, otros se abrazaban en diferentes partes del campo al compañero más cercano. Él seguía corriendo hacia el corner... hacia los miles de hinchas que habían estallado con él en ese segundo de éxtasis, hacia todos los que habían viajado hasta Roma por un sueño: ver a su Barça proclamarse campeón de Europa ante el Manchester United. Puyol, Eto'o, Xavi y Messi habían fabricado el 2 a 0. Objetivo cumplido.
viernes, 29 de octubre de 2010
ALGO HABRAN HECHO
"Algo habrán hecho" decían aquellos que veían como los militares argentinos arrancaban de su país a una generación de jóvenes llenos de sueños e inquietudes, una generación que quedó transformada y desperdigada para siempre. Los más afortunados pudieron exiliarse y con el tiempo tuvieron la posibilidad de volver a su país.
¿Pero en qué condiciones? Esa es la cuestión. ¿Realmente volvieron a su país o a uno diferente? ¿Volvieron para realizar los cambios retrasados o los cambiados ya habían sido ellos?
Así se consiguió frenar la transformación de una sociedad. Se congelaron anhelos por una sociedad diferente, aunque no se pudieron borrar ni olvidar. El tiempo siempre da otra oportunidad a los que vienen detrás.
Hoy en todas partes se tilda a la juventud de apática, recordando otros tiempos y comparándolos con los que nos ha tocado vivir. Yo me niego a creer eso, me parece injusto. Reconozco que hay cierto aburrimiento en los jóvenes, eso sí. Un servidor considera que ya está dejando atrás esta etapa juvenil (si no la ha dejado ya) y está más o menos instalado en una etapa de madurez evolutiva, es decir, en constante crecimiento, que me permite observar y distinguir la diferencia que hay entre los dos conceptos antes mencionados. La apatía implica dejadez, falta de energía. En cambio, el aburrimiento es solamente tedio originado por la falta de motivación. Motivación es lo que les falta a los jóvenes de hoy, y de eso se han ocupado muy eficazmente las actuales clases dirigentes .
Antes a los jóvenes se les mataba físicamente para dejar las cosas como estaban, hoy en día la cosa es más civilizada: "sólo" se les mata de aburrimiento.
Ahora se les dibuja un escenario falso, un decorado de cine, que les hace creer que están mucho mejor que los jóvenes de ayer, que ya no quedan sueños por los que luchar porque ya está todo hecho, todo inventado, y no se da pie para seguir creciendo y mejorando. Vivimos en la cultura del "Esto es lo que hay" o del "Si no te gusta, te vas". Pues bien, yo reivindico que lo que se nos muestra no es todo lo que hay, hay más cosas detrás de los árboles, debajo de los adoquines. Cosas escondidas para que no accedamos a ellas o simplemente cosas aun por descubrir. Y si algo no gusta la cuestión es transformarla para que guste, no dejar que nos echen. Hay que luchar contra esa política anestésica que pretenden imponernos desde todos los frentes posibles.
Los poderes fácticos y políticos que gobiernan nuestras sociedades se han ocupado de dividirnos en colectivos, así como nuestras necesidades, reivindicaciones y hasta nuestras aspiraciones. De esta manera han conseguido que todos seamos tan individualistas que hemos olvidado lo que es solidarizarse con el otro. Hoy, si consideramos que algo no nos afecta no nos implicamos porque no es nuestro problema, y lo peor es que nos han hecho creer que ante los problemas de los demás no tenemos derecho a decir nada.
Y los más afectados por esta situación son los jóvenes. Yo sigo creyendo en ese espíritu innato que hace de la juventud el motor de cambios, de estrategias y de maneras de vivir. No obstante ese espíritu necesita de un entorno, un caldo de cultivo que le permita florecer. Entre todos debemos contribuir a crearlo. Si nos dejamos arrebatar esa capacidad de creación y cuidado, realmente estamos en camino de perderlo todo e incluso a nosotros mismos.
Me encantaría poder pensar en un futuro donde la gente se muestre agradecida a los que una vez fueron jóvenes y nos permitieron poder llegar a viejos con los sueños cumplidos. Un futuro donde les miremos, les sonriamos y pensemos "Algo habrán hecho".
jueves, 28 de octubre de 2010
GRANDE
En mi humilde opinión, ayer se fue un grande de la política argentina del último periodo democrático.
Evidentemente, como persona poderosa que era, no estaba exento de sombras y secretos. Sin embargo, quiero pensar y creo que iluminó más de lo que oscureció el escenario político de mi querida Argentina.
Debo comenzar por recordar a Eduardo Duhalde, su antecesor en el cargo de presidente. Siendo, este sí, un personaje oscuro y tétrico, le reconozco el haber asumido la papa caliente que era el país en enero de 2002, cuando tomó sus riendas. Reconozco que supo esquivar el tsunami que se preveía para una nación sin base institucional alguna en ese momento. Reconozco su acertada decisión de nombrar a Ricardo Lavagna como ministro de economía, un ministro al que hizo bueno el doloroso recuerdo de Domingo Cavallo. Y, finalmente, reconozco y celebro la decisión de nombrar como su sucesor al frente del PJ a Néstor Kirchner.
Un Kirchner que se presentó a las elecciones como el patito feo, perdón, como el pingüinito feo y acabo devorando a un dinosaurio como Carlos Saúl Menem, alias "El inombrable" (a posteriori, eso sí, y aunque yo mantenga la osadía de nombrarlo).
Sus rivales y detractores tildaron a Kirchner de autoritario. Bien, algunos ya conocemos un poco la idiosincrasia argentina. No importa el color ideológico, el argentino político es alguien para el que el rival (y más si este ostenta el poder) es autoritario por definición, por el hecho de no compartir su visión, sus propuestas y decisiones. La pasión y fanatismo que prestigia al fútbol argentino desprestigia la política argentina.
Creo obvio que para gobernar Argentina hay que ser lo suficientemente decidido para no escuchar a los 40 millones de presidentes que puede llegar a tener. Por supuesto que en una democracia hay que escuchar todas las voces que puedan aportar algo, pero en la sociedad argentina hay más de crítica visceral que ganas de aportarle soluciones al rival. En resumen, el que debe tomar la decisión final es el presidente, y eso muchas veces no deja contento a casi nadie. Como dijo K una vez: "Si estando en el gobierno tenés un millón de amigos es que no gobernás".
Deja para la historia el fin de la inmunidad de los genocidas, el fin de la sangría del Fondo Monetario Internacional respecto a la Argentina, la práctica desaparición del panorama político del inombrable al que he nombrado antes, la limpieza del poder judicial que, a base de coimas y amiguismo, permitió las tramposas y nefastas políticas neoliberales de los '90 .
También lega una regeneración, dentro de lo posible, del ejército y la tan temida policía argentina, un empujón a los derechos humanos como hacia mucho que no se veía allá (aunque ello le significara un enfrentamiento frontal con la poderosa Iglesia argentina) y un reconocimiento digno, más allá de la foto, de las madres y abuelas de gran parte de los argentinos (las de plaza de Mayo).
Por último, considero que dejó las bases de una recuperación económica y social que para sí quisieran, supongo, los países más ricos y poderosos.
Por lo expuesto, entiendo y comprendo que tuviera un club de enemigos más bien grande, pero también creo justo que el conjunto de afines fuera aun mayor que el de enemigos.
Desde la distancia veo a K como un punto de inflexión en la historia contemporánea, y ojalá que futura, de Argentina. Hay un antes y un después, y eso está al alcance de muy pocos.
Por todo ello, mis respetos y mi recuerdo para un político que estoy convencido hubiera podido contribuir a construir una América latina cada vez más libre y más justa para todos.
sábado, 9 de octubre de 2010
RECUERDOS DE UNA CRISIS
Hace pocos días vi una película, "Las viudas de los jueves", que con más o menos fortuna retrata un momento puntual de la historia reciente argentina (bueno, quizás no sea tan puntual y sea más cíclico). Muestra como sus 4 parejas protagonistas, partícipes de una situación artificial y artificiosa creada con la connivencia de los gobiernos argentinos de los '90, caen en la cuenta de que su fiesta ha terminado.
Recuerdo que a finales de 2001 los informativos empezaron a salpicar noticias procedentes de Argentina. Yo no terminaba de entender que pasaba, aunque sinceramente mi interés era relativo. Las primeras noticias daban a conocer el bloqueo de las cuentas bancarias de la población "de a pie". Después llegó el límite a la disponibilidad de los ahorros (creo recordar que se podían retirar 350 pesos por semana, o su equivalente en ese momento: 350 dólares).
Unos días después se anunciaba la devaluación del peso. La convertibilidad, el "1 a 1", había muerto. Los ahorros de la clase media habían volado en sus dos terceras partes. En los años anteriores se había podido elegir la moneda con la que relacionarse con los bancos. Si los ahorros se habían hechos en dólares, a partir de ese momento se tenían en pesos. En cambio si las hipotecas se habían contratado en dólares, los bancos reclamaban su pago en esa misma moneda.
Después de la tradicional comida navideña con los compañeros de trabajo recuerdo ver de reojo, sobre una mesa del restaurante, un ejemplar de El Periódico con una portada donde una fotografía a toda página mostraba policías a caballo golpeando con saña a personas que reclamaban que se fueran todos (los responsables políticos y económicos de esa situación) y que bien podrían haber sido mis vecinos. Me pareció leer que el titular mencionaba Argentina, me detuve. En efecto, era Argentina.
Se trataba de un país que en el plazo de poco más de una semana habría sido presidido, no podemos decir que gobernado, por 5 presidentes. Esto significó que institucionalmente casi dejó de existir.
Poco tiempo después mi madre viajo a Argentina.
Al regresar me conmovió el relato que me hizo de la situación. Le habían cambiado el país, sus recuerdos de infancia. Me describió las colas ante las ventanillas de los bancos. Colas pobladas de ancianos angustiados por el nuevo valor de sus pensiones, colas en las que la tensión de la espera nunca había sido tan intensa. Me describió la tristeza de la gente, el paisaje urbano desolador de una ciudad que ya no reconocía como el espacio en el que había crecido y se había hecho mujer. Sus recuerdos ya no se correspondían con la dolorosa realidad que se imponía ante sus ojos y su corazón.
En la primavera de 2002 mi corazón decidió que ese año viajaría por primera vez a Argentina, esa desconocida tan cercana para mí. El 2 de noviembre aterricé en el aeropuerto internacional de Ezeiza.
Mi estancia de 6 meses se concentró en Mar del Plata, ciudad balneario del país y conocida como "La Feliz", adjetivo de otros tiempos. Yo me encontré con una ciudad que no tenia nada que ver con la felicidad. Muchos edificios emblemáticos, como el Instituto Unzué, veían como el tiempo y la desidia le habían ido despojando de su pintura y de un añorado empaque. Supongo que podría definir ese periodo como la resaca de una marea que arrasó un país y dejó los restos del naufragio.
Recuerdo una sociedad triste, con un sentimiento de derrota que nunca había visto. El argentino es una persona eminentemente vital, activo, ingenioso. Si hay algo que no sea es una persona apática, pero en ese momento percibí una sociedad entregada y cansada de luchar. La gente no quería más, se había rendido.
Mucha gente se marchó de un país que parecía que les había dado la espalda de forma definitiva.
En mis últimos viajes a Argentina, sin embargo, percibí un dinamismo, una "polenta" (como dicen allá) que hecho de menos en Europa, y en especial en mi tierra: Cataluña.
Mientras Argentina vivía lo que he descrito anteriormente, desde aquí se observaba esa situación con una mezcla de compasión y de superioridad. Por una parte se compadecían de Argentina, pero sólo de boquilla. Sorprendía como un país con tantas posibilidades, con tanta riqueza potencial se encontraba en esa situación; olvidando, no obstante, la parte de responsabilidad correspondiente a los gobiernos y las empresas del primer mundo en unas políticas económicas y sociales "propuestas" para un campo de experimentación llamado Latinoamérica.
Por otro lado, se percibía una mirada con aires de superioridad, por encima del hombro, desde la certeza de que aquí nunca podría pasar algo como lo que sucedía en lo que una vez fue conocido como "el granero del mundo".
Vivíamos instalados en una fantasía donde se suponía accesible el acceso a viviendas sobrevaloradas por el precio del suelo y con las que el mercado inmobiliario permitía especular. Se creó la necesidad de consumir masivamente productos que al menor contratiempo eran sustituidos por otros nuevos, iguales o superiores.
Queriendo que la situación pasara desapercibida, el euro se convirtió en nuestro corralito particular. De un día para el otro perdimos cerca del 40% de nuestro poder adquisitivo; si bien a nivel macroecónomico fue positivo, para la economía doméstica del día a día fue mortal. Se empezó a apretar demasiado las tuercas a la clase trabajadora, restringiendo derechos ya adquiridos y exigiéndole más rendimiento económico a cambio de unos sueldos cada vez más ajustados con la amenaza de perder el trabajo. La vida no era tan diferente a la que observábamos en Argentina, pero poca gente se dio cuenta.
Y hace pocos años todo explotó. La avaricia desmedida de los bancos y agentes económicos, que rendían pleitesía al libre mercado y al capitalismo más salvaje, provocó que el saco se rompiera y nos despertáramos de golpe de un sueño que discretamente se había ido convirtiendo en pesadilla.
Como pasó en Argentina, el que no tenia nada que perder no perdió nada. Esta vez fueron los países ricos las víctimas de su propias políticas, aunque han querido arrastrar con ellos al resto de países. Sin embargo, una vez aprendida la lección, hace unos años que zonas como Latinoamérica se han alejado en lo posible del servilismo dogmático hacía EEUU y Europa, y han aplicado políticas más racionales y atentas con las personas, logrando así un progreso social y económico que antes no se les había sido permitido.
Quizás sea tiempo de reflexión, humildad y de empezar a tomar notas de quienes por experiencia nos pueden enseñar y de quienes debemos aprender para que lo único que nos quede de esta crisis sean los recuerdos.
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