domingo, 14 de noviembre de 2010

¡¡¡GOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOL!!!

El balón salió por el costado de la cancha y volvió a entrar.

Uno de los chicos la recogió y se la cedió con el pie a su compañero para que sacase. No quería la más mínima responsabilidad, pensó "¿Por qué yo?". Todavía podían y tenían que empatar, pero había otros en su equipo con más afán de protagonismo del que él pudiera llegar a tener nunca.

Su compañero sacó pero devolviéndole la pelota. Sentía todas las miradas clavadas en él. Decidió pasarle la pelota a su portero, ese chico alto que hablaba con ese acento tan raro.

"El holandés", así le llamaban sus compañeros, siempre había sido víctima de burlas en la escuela: demasiado alto para su edad, demasiado flaco para hacer deporte... Por una razón u otra siempre le había costado mucho integrarse en un grupo hasta que aquel entrenador del colegio lo vio sentado en el banco del patio, mirando como los otros niños se divertían corriendo detrás de un balón, y le dijo que nadie quería ser portero, que si a él no le importaba el puesto, al menos por ese día, era suyo.

Alejándose de su portería controló la pelota y la golpeó con fuerza. El balón voló hacia el compañero que se lo reclamaba con el brazo en alto, se transformó en una cometa a la que todos los niños miran con deseo infantil. Sin embargo, el balón cayó en los pies equivocados. Lo controló el chico del pelo largo, pero del otro equipo. Ese pelo, que había sido su seña de identidad desde niño, de alguna manera le había ayudado a forjar su carácter. Era un líder auténtico, de los que reciben el liderazgo por respeto y confianza. Se había criado en un pequeño pueblo del interior y quizás por eso era como era: sencillo y sobrio.

Al verse con la pelota en los pies empezó a correr. El desconcierto rival le había dejado espacio para poder avanzar sin problemas hacia la defensa contraria, donde lo esperaban con ganas. Miró a la derecha y vio a su compañero desmarcado. Ese chico africano que esperaba el pase había llegado al país siendo adolescente, como tantos otros chavales, en busca de un sueño. Aterrizó en la capital, y después de probar en diferentes ciudades, se terminó estableciendo en una isla con su familia. Con el tiempo regresó a una de las ciudades que ya conocía, consiguió un trabajo temporal, y se estabilizó. Así como le había costado encontrar un lugar, no terminaba de encajar en el grupo aunque todos le respetaban. Jugaba con garra, con rabia. Nadie se atrevía a preguntarle de donde la sacaba, pero todos lo sabían. Menos mal que la canalizaba jugando con ellos.

Una vez recibido el balón, en cuatro zancadas se acercó al área contraria y, ante la ansiedad expectante del defensor, decidió centrar por bajo.

Uno de los chicos que defendía, después de que la pelota le viniese casi rebotada de un compañero, la despejó sacándosela de encima, sin demasiado criterio. Por desgracia para su equipo llegó a aquel chico discreto que parecía no correr, no hacer nada, pero al que todos sus compañeros buscaban. Avanzó, levantó la cabeza e intuyó el desmarque que esperaba. Hizo que la pelota dibujara una rosca perfecta en el aire. Destinatario: aquel pibe argentino al que literalmente había visto crecer con los años; se desmarcó, saltó como sabiendo que su sueño se encontraba a un metro por encima de él. Parecía que el balón y su sueño lo iban a esquivar una vez más, pero una vez despegó del suelo echó el cuerpo hacia atrás y los cabeceó. Mientras caía vio como esa pelota se elevaba, superaba la altura de aquel gigante holandés, y después planeaba en un descenso lento y cruel,... entraba, entraba, entraba.... ¡¡¡GOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOL!!!

Al caer de nuevo al suelo, ya como el héroe de aquel grupo de muchachos llegados a la ciudad desde los más variopintos lugares, se le salió una de las zapatillas azules que le habían regalado hacía unos días y que justo estrenaba en ese partido, la tomó en la mano y salió corriendo. Algunos compañeros lo perseguían para abrazarlo, otros se abrazaban en diferentes partes del campo al compañero más cercano. Él seguía corriendo hacia el corner... hacia los miles de hinchas que habían estallado con él en ese segundo de éxtasis, hacia todos los que habían viajado hasta Roma por un sueño: ver a su Barça proclamarse campeón de Europa ante el Manchester United. Puyol, Eto'o, Xavi y Messi habían fabricado el 2 a 0. Objetivo cumplido.

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