viernes, 29 de octubre de 2010

ALGO HABRAN HECHO

"Algo habrán hecho" decían aquellos que veían como los militares argentinos arrancaban de su país a una generación de jóvenes llenos de sueños e inquietudes, una generación que quedó transformada y desperdigada para siempre. Los más afortunados pudieron exiliarse y con el tiempo tuvieron la posibilidad de volver a su país.
¿Pero en qué condiciones? Esa es la cuestión. ¿Realmente volvieron a su país o a uno diferente? ¿Volvieron para realizar los cambios retrasados o los cambiados ya habían sido ellos?
Así se consiguió frenar la transformación de una sociedad. Se congelaron anhelos por una sociedad diferente, aunque no se pudieron borrar ni olvidar. El tiempo siempre da otra oportunidad a los que vienen detrás.

Hoy en todas partes se tilda a la juventud de apática, recordando otros tiempos y comparándolos con los que nos ha tocado vivir. Yo me niego a creer eso, me parece injusto. Reconozco que hay cierto aburrimiento en los jóvenes, eso sí. Un servidor considera que ya está dejando atrás esta etapa juvenil (si no la ha dejado ya) y está más o menos instalado en una etapa de madurez evolutiva, es decir, en constante crecimiento, que me permite observar y distinguir la diferencia que hay entre los dos conceptos antes mencionados. La apatía implica dejadez, falta de energía. En cambio, el aburrimiento es solamente tedio originado por la falta de motivación. Motivación es lo que les falta a los jóvenes de hoy, y de eso se han ocupado muy eficazmente las actuales clases dirigentes .

Antes a los jóvenes se les mataba físicamente para dejar las cosas como estaban, hoy en día la cosa es más civilizada: "sólo" se les mata de aburrimiento.

Ahora se les dibuja un escenario falso, un decorado de cine, que les hace creer que están mucho mejor que los jóvenes de ayer, que ya no quedan sueños por los que luchar porque ya está todo hecho, todo inventado, y no se da pie para seguir creciendo y mejorando. Vivimos en la cultura del "Esto es lo que hay" o del "Si no te gusta, te vas". Pues bien, yo reivindico que lo que se nos muestra no es todo lo que hay, hay más cosas detrás de los árboles, debajo de los adoquines. Cosas escondidas para que no accedamos a ellas o simplemente cosas aun por descubrir. Y si algo no gusta la cuestión es transformarla para que guste, no dejar que nos echen. Hay que luchar contra esa política anestésica que pretenden imponernos desde todos los frentes posibles.

Los poderes fácticos y políticos que gobiernan nuestras sociedades se han ocupado de dividirnos en colectivos, así como nuestras necesidades, reivindicaciones y hasta nuestras aspiraciones. De esta manera han conseguido que todos seamos tan individualistas que hemos olvidado lo que es solidarizarse con el otro. Hoy, si consideramos que algo no nos afecta no nos implicamos porque no es nuestro problema, y lo peor es que nos han hecho creer que ante los problemas de los demás no tenemos derecho a decir nada.
Y los más afectados por esta situación son los jóvenes. Yo sigo creyendo en ese espíritu innato que hace de la juventud el motor de cambios, de estrategias y de maneras de vivir. No obstante ese espíritu necesita de un entorno, un caldo de cultivo que le permita florecer. Entre todos debemos contribuir a crearlo. Si nos  dejamos arrebatar esa capacidad de creación y cuidado, realmente estamos en camino de perderlo todo e incluso a nosotros mismos.

Me encantaría poder pensar en un futuro donde la gente se muestre agradecida a los que una vez fueron jóvenes y nos permitieron poder llegar a viejos con los sueños cumplidos. Un futuro donde les miremos, les sonriamos y pensemos "Algo habrán hecho".

jueves, 28 de octubre de 2010

GRANDE

En mi humilde opinión, ayer se fue un grande de la política argentina del último periodo democrático.

Evidentemente, como persona poderosa que era, no estaba exento de sombras y secretos. Sin embargo, quiero pensar y creo que iluminó más de lo que oscureció el escenario político de mi querida Argentina.

Debo comenzar por recordar a Eduardo Duhalde, su antecesor en el cargo de presidente. Siendo, este sí, un personaje oscuro y tétrico, le reconozco el haber asumido la papa caliente que era el país en enero de 2002, cuando tomó sus riendas. Reconozco que supo esquivar el tsunami que se preveía para una nación sin base institucional alguna en ese momento. Reconozco su acertada decisión de nombrar a Ricardo Lavagna como ministro de economía, un ministro al que hizo bueno el doloroso recuerdo de Domingo Cavallo. Y, finalmente, reconozco y celebro la decisión de nombrar como su sucesor al frente del PJ a Néstor Kirchner.

Un Kirchner que se presentó a las elecciones como el patito feo, perdón, como el pingüinito feo y acabo devorando a un dinosaurio como Carlos Saúl Menem, alias "El inombrable" (a posteriori, eso sí, y aunque yo mantenga la osadía de nombrarlo).

Sus rivales y detractores tildaron a Kirchner de autoritario. Bien, algunos ya conocemos un poco la idiosincrasia argentina. No importa el color ideológico, el argentino político es alguien para el que el rival (y más si este ostenta el poder) es autoritario por definición, por el hecho de no compartir su visión, sus propuestas y decisiones. La pasión y fanatismo que prestigia al fútbol argentino desprestigia la política argentina.

Creo obvio que para gobernar Argentina hay que ser lo suficientemente decidido para no escuchar a los 40 millones de presidentes que puede llegar a tener. Por supuesto que en una democracia hay que escuchar todas las voces que puedan aportar algo, pero en la sociedad argentina hay más de crítica visceral que ganas de aportarle soluciones al rival. En resumen, el que debe tomar la decisión final es el presidente, y eso muchas veces no deja contento a casi nadie. Como dijo K una vez: "Si estando en el gobierno tenés un millón de amigos es que no gobernás".

Deja para la historia el fin de la inmunidad de los genocidas, el fin de la sangría del Fondo Monetario Internacional respecto a la Argentina, la práctica desaparición del panorama político del inombrable al que he nombrado antes, la limpieza del poder judicial que, a base de coimas y amiguismo, permitió las tramposas y nefastas políticas neoliberales de los '90 .
También lega una regeneración, dentro de lo posible, del ejército y la tan temida policía argentina, un empujón a los derechos humanos como hacia mucho que no se veía allá (aunque ello le significara un enfrentamiento frontal con la poderosa Iglesia argentina) y un reconocimiento digno, más allá de la foto, de las madres y abuelas de gran parte de los argentinos (las de plaza de Mayo).
Por último, considero que dejó las bases de una recuperación económica y social que para sí quisieran, supongo, los países más ricos y poderosos.

Por lo expuesto, entiendo y comprendo que tuviera un club de enemigos más bien grande, pero también creo justo que el conjunto de afines fuera aun mayor que el de enemigos.

Desde la distancia veo a K como un punto de inflexión en la historia contemporánea, y ojalá que futura, de Argentina. Hay un antes y un después, y eso está al alcance de muy pocos.

Por todo ello, mis respetos y mi recuerdo para un político que estoy convencido hubiera podido contribuir a construir una América latina cada vez más libre y más justa para todos.

sábado, 9 de octubre de 2010

RECUERDOS DE UNA CRISIS

Hace pocos días vi una película, "Las viudas de los jueves", que con más o menos fortuna retrata un momento puntual de la historia reciente argentina (bueno, quizás no sea tan puntual y sea más cíclico). Muestra como sus 4 parejas protagonistas, partícipes de una situación artificial y artificiosa creada con la connivencia de los gobiernos argentinos de los '90, caen en la cuenta de que su fiesta ha terminado.

Recuerdo que a finales de 2001 los informativos empezaron a salpicar noticias procedentes de Argentina. Yo no terminaba de entender que pasaba, aunque sinceramente mi interés era relativo. Las primeras noticias daban a conocer el bloqueo de las cuentas bancarias de la población "de a pie". Después llegó el límite a la disponibilidad de los ahorros (creo recordar que se podían retirar 350 pesos por semana, o su equivalente en ese momento: 350 dólares).

Unos días después se anunciaba la devaluación del peso. La convertibilidad, el "1 a 1", había muerto. Los ahorros de la clase media habían volado en sus dos terceras partes. En los años anteriores se había podido elegir la moneda con la que relacionarse con los bancos. Si los ahorros se habían hechos en dólares, a partir de ese momento se tenían en pesos. En cambio si las hipotecas se habían contratado en dólares, los bancos reclamaban su pago en esa misma moneda.

Después de la tradicional comida navideña con los compañeros de trabajo recuerdo ver de reojo, sobre una mesa del restaurante, un ejemplar de El Periódico con una portada donde una fotografía a toda página mostraba policías a caballo golpeando con saña a personas que reclamaban que se fueran todos (los responsables políticos y económicos de esa situación) y que bien podrían haber sido mis vecinos. Me pareció leer que el titular mencionaba Argentina, me detuve. En efecto, era Argentina.

Se trataba de un país que en el plazo de poco más de una semana habría sido presidido, no podemos decir que gobernado, por 5 presidentes. Esto significó que institucionalmente casi dejó de existir.

Poco tiempo después mi madre viajo a Argentina.
Al regresar me conmovió el relato que me hizo de la situación. Le habían cambiado el país, sus recuerdos de infancia. Me describió las colas ante las ventanillas de los bancos. Colas pobladas de ancianos angustiados por el nuevo valor de sus pensiones, colas en las que la tensión de la espera nunca había sido tan intensa. Me describió la tristeza de la gente, el paisaje urbano desolador de una ciudad que ya no reconocía como el espacio en el que había crecido y se había hecho mujer. Sus recuerdos ya no se correspondían con la dolorosa realidad que se imponía ante sus ojos y su corazón.

En la primavera de 2002 mi corazón decidió que ese año viajaría por primera vez a Argentina, esa desconocida tan cercana para mí. El 2 de noviembre aterricé en el aeropuerto internacional de Ezeiza.

Mi estancia de 6 meses se concentró en Mar del Plata, ciudad balneario del país y conocida como "La Feliz", adjetivo de otros tiempos. Yo me encontré con una ciudad que no tenia nada que ver con la felicidad. Muchos edificios emblemáticos, como el Instituto Unzué, veían como el tiempo y la desidia le habían ido despojando de su pintura y de un añorado empaque. Supongo que podría definir ese periodo como la resaca de una marea que arrasó un país y dejó los restos del naufragio.

Recuerdo una sociedad triste, con un sentimiento de derrota que nunca había visto. El argentino es una persona eminentemente vital, activo, ingenioso. Si hay algo que no sea es una persona apática, pero en ese momento percibí una sociedad entregada y cansada de luchar. La gente no quería más, se había rendido.
Mucha gente se marchó de un país que parecía que les había dado la espalda de forma definitiva.

En mis últimos viajes a Argentina, sin embargo, percibí un dinamismo, una "polenta" (como dicen allá) que hecho de menos en Europa, y en especial en mi tierra: Cataluña.

Mientras Argentina vivía lo que he descrito anteriormente, desde aquí se observaba esa situación con una mezcla de compasión y de superioridad. Por una parte se compadecían de Argentina, pero sólo de boquilla. Sorprendía como un país con tantas posibilidades, con tanta riqueza potencial se encontraba en esa situación; olvidando, no obstante, la parte de responsabilidad correspondiente a los gobiernos y las empresas del primer mundo en unas políticas económicas y sociales "propuestas" para un campo de experimentación llamado Latinoamérica.
Por otro lado, se percibía una mirada con aires de superioridad, por encima del hombro, desde la certeza de que aquí nunca podría pasar algo como lo que sucedía en lo que una vez fue conocido como "el granero del mundo".

Vivíamos instalados en una fantasía donde se suponía accesible el acceso a viviendas sobrevaloradas por el precio del suelo y con las que el mercado inmobiliario permitía especular. Se creó la necesidad de consumir masivamente productos que al menor contratiempo eran sustituidos por otros nuevos, iguales o superiores.
Queriendo que la situación pasara desapercibida, el euro se convirtió en nuestro corralito particular. De un día para el otro perdimos cerca del 40% de nuestro poder adquisitivo; si bien a nivel macroecónomico fue positivo, para la economía doméstica del día a día fue mortal. Se empezó a apretar demasiado las tuercas a la clase trabajadora, restringiendo derechos ya adquiridos y exigiéndole más rendimiento económico a cambio de unos sueldos cada vez más ajustados con la amenaza de perder el trabajo. La vida no era tan diferente a la que observábamos en Argentina, pero poca gente se dio cuenta.

Y hace pocos años todo explotó. La avaricia desmedida de los bancos y agentes económicos, que rendían pleitesía al libre mercado y al capitalismo más salvaje, provocó que el saco se rompiera y nos despertáramos de golpe de un sueño que discretamente se había ido convirtiendo en pesadilla.

Como pasó en Argentina, el que no tenia nada que perder no perdió nada. Esta vez fueron los países ricos las víctimas de su propias políticas, aunque han querido arrastrar con ellos al resto de países. Sin embargo, una vez aprendida la lección, hace unos años que zonas como Latinoamérica se han alejado en lo posible del servilismo dogmático hacía EEUU y Europa, y han aplicado políticas más racionales y atentas con las personas, logrando así un progreso social y económico que antes no se les había sido permitido.

Quizás sea tiempo de reflexión, humildad y de empezar a tomar notas de quienes por experiencia nos pueden enseñar y de quienes debemos aprender para que lo único que nos quede de esta crisis sean los recuerdos.

viernes, 20 de agosto de 2010

A ELLOS

A mis amigos les pasan cosas que no siempre entiendo

A mis amigos les encanta inspirar canciones de amor

A mis amigos les gusta beberse la vida en copa

A mis amigos les come la impaciencia cuando se paran

A mis amigos les emociona volar, escaparse y soñar

A mis amigos les leo en cada palabra que dicen

A mis amigos les sigo cuando labran el camino

A mis amigos les agradezco que me ayuden a crecer

A mis amigos les apuesto la amistad y nunca perdemos

A mis amigos les quiero aunque me creen adicción

sábado, 14 de agosto de 2010

AMIGOS

Esperaba en una mesa del bar en el que habían quedado. Siempre le habían gustado esos lugares donde poder pasar la tarde leyendo y fumando, charlando y fumando, o simplemente fumando. Su mirada se perdía persiguiendo el humo que salía de su cigarrillo. Le recordaba una de esas cintas que vuelan por los aires para caer de nuevo en las manos de quinceañeras olímpicas.

Sin palabras pidió otro café.

Había quedado con su amigo, aquel con el que años atrás habían perseguido sueños imposibles tras las faldas de mujeres maduras con olor a peluquería. Recordó que su hermano nunca había tenido la puntualidad como una de sus principales virtudes, se sonrió y agarró el diario abandonado sobre la mesa de al lado.
Como siempre abrió el diario por la última página. Prefería dejar las malas noticias para el final y que, con suerte, algo o alguien no le permitiesen llegar hasta ellas.

Las voces del bar le acompañaban. El sonido del vapor de la máquina de café le transportaba a recuerdos de infancia donde jugaban a ser Tom Sawyer y su compinche Huckleberry Finn en la orilla del río, donde el pequeño buque hacía que los turistas se sintieran piratas y secuestradas doncellas durante 30 minutos. Ni el billete ni el río daban para más.

Miró por la ventana, todavía no lograba distinguir la silueta de su amigo. La última vez que lo vio iba enfundado en una gabardina como Bogart y oculto bajo un sombrero mexicano. Pensó "¿De qué marido vendrá escondiéndose ahora?". Después de tanto tiempo no estaba seguro de poder reconocerle.

A lo largo de los años había pensado muchas veces en él y se había inquietado ante la posibilidad de no volver a compartir nada, como habían hecho desde la infancia hasta que aquella universitaria levantó entre ellos un muro más frío que el de Berlín.
Al fin y al cabo ¿quién se acordaba ahora de ella? Bueno, en realidad él nunca la pudo olvidar. Pero hacerse esa pregunta le ayudaba a sentirse mejor.

Al otro lado de la barra alguien había decidido inundar el aire del local con notas de Cole Porter fluyendo del saxo inmortal de Charlie Parker. Por un momento creyó estar dentro de aquellas películas que espiaban juntos las noches de los lunes desde su habitación, y con las que soñaban ser Sam Spade en busca de halcones hechos con el material de los sueños o Rick Blaine y tener su propio café en Casablanca.

Otro sonido se añadió sin brusquedad a la ya cargada atmósfera. La lluvia había empezado a caer sobre la ciudad y poco a poco se iba imponiendo. En la acera de enfrente se veían siluetas saltar a la calzada para atrapar huidizos taxis. Dudó entre quedarse o seguir su camino una vez más. Pero ¿a dónde iba a ir con esa lluvia? Esa tarde la había reservado para su amigo, así que no tenia compromiso alguno. A riesgo de no dormir esa noche, pidió otro café más mientras encendía otro pitillo más. "El último", se mintió una vez más.

Le debía a su amigo el haber empezado a fumar. No sabía si agradecérselo o no llegar a perdonárselo nunca. En el instituto le había pedido consejo para que las chicas se fijasen en él, quería dejar de ser el escudero del príncipe de la secundaria con el que soñaban todas las princesitas del momento. Primer consejo: parecer mayor, interesante y maduro, es decir, fumar. El segundo: ser uno mismo. Lo cual era contradictorio con el primero, al menos en su caso, así que optó por fumar y adquirir la pose de esos actores en blanco y negro que llevaban colgadas de un ala a todas las muchachas de celuloide. Algún tiempo más tarde descubrió que no era cuestión de pose, había que tener algo más.

En pago, él intentó infundir en su amigo el amor por los cines de barrio, por las sesiones dobles en que se mezclaban naves espaciales comandadas por Flash Gordon intentando destruir los cañones de Navarone antes que Gregory Peck. Y lo consiguió, más o menos. Consiguió que su amigo apreciase esos lugares que, en el cobijo de su oscuridad, le permitían abrazar a sus lindas acompañantes sin que ellas se sintiesen del todo incómodas.

La noche llegaba al bar antes que su amigo. Sin embargo, seguía manteniendo la tranquilidad y la confianza en él. Estaba seguro de que acudiría a la cita.

A pesar de tantas mudanzas, rupturas e inicios en su vida, siempre había conservado las fotos que acompañaban su historia en común. De una u otra forma su amigo siempre había estado presente en los momentos más importantes de su vida y eso merecía, como mínimo, tenerle paciencia.

A los pocos minutos una voz profunda saludó desde la puerta con un "Buenas noches" respondido por los habitantes de la barra, de uno y del otro lado. Sintió que esa voz era diferente. Esa voz recorrió el tiempo y la distancia que los había unido todavía más. Se incorporó y levantó la cabeza. Ahí estaba él. Su amigo del alma había sido fiel a su promesa de acudir. Sabía que iba a llegar a pesar de las dificultades y los obstáculos que pudiese encontrar por el camino porqué, desde los tiempos de canchitas de fútbol hasta los de noches en vela, continuamente habían presumido de que la amistad entre ellos siempre iba a ser lo primero.

sábado, 7 de agosto de 2010

MI BUENOS AIRES

Me preguntan por Buenos Aires, ¿y qué puedo contar que no se haya contado ya? Lo único que puedo hacer es contar cómo la vivo yo, cómo la siento.

Para mí resulta ser esa ciudad mastodóntica, gigante, tan sumamente incómoda pero a la que, sin embargo, siempre quiero volver.

Vivir en Baires (como la llaman los porteños) te hace más fuerte o te mata. No hay término medio.
Si te desenvuelves en Buenos Aires, si llegas a conocerla y domesticarla, ten la seguridad de que no habrá ciudad del mundo que se te resista. Si por el contrario no le encuentras el punto, si te no acostumbras a su ritmo, hasta cierto punto violento, te engullirá y desaparecerás.

Buenos Aires es mi sueño y mi pesadilla. Es la ciudad en la que me retiraría, es ese lugar que tiene todo para ofrecer y todo te da. Pero también es la ciudad que hace realidad todos mis miedos, mis inseguridades e incomodidades (todas juntas).

Cantaba el polaco Goyeneche que "las vereditas de Buenos Aires tienen ese no-se-qué". Pues bien, ese no-se-qué son unos agujeros del tamaño de sandías, son unos desniveles que trasladan mi silla de ruedas a las dunas del desierto. Mi paseo por sus calles se convierten en toda una aventura (en el sentido menos amable de la palabra). Y ni hablar si hay que cruzar una calle transitada. Transitada no quiere decir MUY transitada, basta un vehículo para convertir ese acto tan cotidiano en cualquier otra ciudad en una actividad de alto riesgo. En Buenos Aires, las calles están hechas para los coches. Si la coyuntura de espacio y tiempo lo permiten, el peatón puede cruzar. ¿Qué si hay semáforos? Sí, ¿Qué si hay pasos de cebra? También, ¿y qué?

Pero el paseo por Buenos Aires también puede ser una aventura agradable, genial, fantástica.... Pasear por la calle Florida es una golosina para cualquier turista. A esa marabunta de gente que va y viene, que te lleva o te arrolla según el sentido de tu marcha, debes añadirle una banda sonora que incluye las voces de los "arbolitos" ofreciendo a los gritos cambiar euros o dólares por pesos, de los vendedores ambulantes que te seducen con tomates locos, autitos chocadores y a estas alturas seguro que también vuvuzelas de bolsillo. La música de las diferentes tiendas se mezcla formando una melodía disonante que te acompaña durante el paseo. El campo visual se te llena de una desprolijidad que te hipnotiza.

El antiguo mercado de Abasto, hoy convertido en un macro centro comercial ("Shopping") es mi reducto europeo. Cuando necesito sentirme cómodo, confiado y seguro acudo a este lugar, sin mayor atractivo que el hecho de hacerme sentir en casa, quizás en el sentido más frío y banal de la palabra. Sin embargo, Buenos Aires no me hace sentir extranjero. Me da esa confianza de quien te ofrece su casa y te permite sentirla como tuya. Pero ay de ti si no agarras la mano que te tiende, no hay nada peor que Buenos Aires despechada.

Buenos Aires está poblada de esquinas con "barcitos", con cafetines, donde cada día a la misma hora viejos amigos y amigos viejos se juntan para tomar lo de siempre, hablar de lo de siempre y observar a través de una ventana las novedades que la vida trae hasta donde ellos están.

La avenida Corrientes, famosa por sus teatros (en algún momento fue el equivalente argentino de Broadway), de día parece una, de noche otra. De día su tráfico, sus comercios y sus pizzerias (dicen que las mejores del mundo, como no) implican un stress demasiado "corriente". Sus múltiples librerías son oasis donde dar descanso a los sentidos.
Por la noche se transforma. La luz del sol argentino (ese que sale en la bandera) deja paso a las luces de neón. Grandes puertas se abren y despiden, con la esperanza de un "hasta luego", a toda esa gente espectadora de historias de amor, dramas y musicales que nunca le pasan a uno.

Al llegar a Plaza de Mayo se respira un aire a historia como en pocos lugares he experimentado. Las huellas de las madres que reclamaban a sus hijos desaparecidos en tiempos no tan lejanos me hacen compartir un dolor y una angustia que atraviesan el tiempo para estar conmigo.

Por suerte, La Boca también es Buenos Aires. La Boca es un mundo de color, de tango, de anarquía. La Boca es otra cosa. Las casas vestidas con la pintura sobrante de los barcos que nacían en sus astilleros transforman un barrio humilde de Buenos Aires en una fiesta a la que estamos invitados los turistas, sus vecinos, los artesanos y pintores, y hasta una suerte de Maradona que regala su sonrisa y un recuerdo con él a quien quiera ayudarle a mantener su forma de vida. Quizás por todo ello La Boca nos recibe con un graffiti que nos indica que estamos entrando en la República Independiente de La Boca.

Buenos Aires es pura contradicción. Es una señora vestida con pieles, pero también es una adolescente rebelde en jeans. Es solidaria y egoísta. Es luminosa y oscura. Te acoge y te echa. Te acaricia y te golpea.

Cada vez que estoy en Buenos Aires constato porque la vez anterior dije que no volvía más, y sin embargo en la distancia sólo pienso en regresar. Recuerdo lo que me enamora de ella y regreso. Al llegar me vuelvo a decir "¿Pero serás boludo?"

En fin, tratar de definirla es como tratar de definir nuestros sentimientos, es querer encontrar la respuesta a las preguntas más universales. Para mi suerte y mi desgracia sólo puedo decir que, en mi mente y en mi corazón, Buenos Aires simplemente es Buenos Aires.

miércoles, 4 de agosto de 2010

A ESA MUJER SOÑADA

Ayer me dormí contigo, esta noche soñé contigo, hoy amanecí contigo.

Hace días okupaste mi corazón, hace noches acariciaste mi alma.

Hoy suspiro tu imagen, tu recuerdo me arrulla, escucho tu sonrisa.

Sin hacer ruido me acerqué a tu distancia y sin que lo notases me alejé de tu cercanía.

La música me trajo las notas de tu nombre, la luz me guió al olor de tu piel.

Tu voz me ofrece el sí, tu mirada me regala el no.

Dicen de mí que muero de amor, pero no saben que vivo de ti.

Me tiré al rio y me devolvió el mar,

Te quise soñar y sólo pude volar.

Te sentí a través de mí y te perdí a pesar de ti.