Me preguntan por Buenos Aires, ¿y qué puedo contar que no se haya contado ya? Lo único que puedo hacer es contar cómo la vivo yo, cómo la siento.
Para mí resulta ser esa ciudad mastodóntica, gigante, tan sumamente incómoda pero a la que, sin embargo, siempre quiero volver.
Vivir en Baires (como la llaman los porteños) te hace más fuerte o te mata. No hay término medio.
Si te desenvuelves en Buenos Aires, si llegas a conocerla y domesticarla, ten la seguridad de que no habrá ciudad del mundo que se te resista. Si por el contrario no le encuentras el punto, si te no acostumbras a su ritmo, hasta cierto punto violento, te engullirá y desaparecerás.
Buenos Aires es mi sueño y mi pesadilla. Es la ciudad en la que me retiraría, es ese lugar que tiene todo para ofrecer y todo te da. Pero también es la ciudad que hace realidad todos mis miedos, mis inseguridades e incomodidades (todas juntas).
Cantaba el polaco Goyeneche que "las vereditas de Buenos Aires tienen ese no-se-qué". Pues bien, ese no-se-qué son unos agujeros del tamaño de sandías, son unos desniveles que trasladan mi silla de ruedas a las dunas del desierto. Mi paseo por sus calles se convierten en toda una aventura (en el sentido menos amable de la palabra). Y ni hablar si hay que cruzar una calle transitada. Transitada no quiere decir MUY transitada, basta un vehículo para convertir ese acto tan cotidiano en cualquier otra ciudad en una actividad de alto riesgo. En Buenos Aires, las calles están hechas para los coches. Si la coyuntura de espacio y tiempo lo permiten, el peatón puede cruzar. ¿Qué si hay semáforos? Sí, ¿Qué si hay pasos de cebra? También, ¿y qué?
Pero el paseo por Buenos Aires también puede ser una aventura agradable, genial, fantástica.... Pasear por la calle Florida es una golosina para cualquier turista. A esa marabunta de gente que va y viene, que te lleva o te arrolla según el sentido de tu marcha, debes añadirle una banda sonora que incluye las voces de los "arbolitos" ofreciendo a los gritos cambiar euros o dólares por pesos, de los vendedores ambulantes que te seducen con tomates locos, autitos chocadores y a estas alturas seguro que también vuvuzelas de bolsillo. La música de las diferentes tiendas se mezcla formando una melodía disonante que te acompaña durante el paseo. El campo visual se te llena de una desprolijidad que te hipnotiza.
El antiguo mercado de Abasto, hoy convertido en un macro centro comercial ("Shopping") es mi reducto europeo. Cuando necesito sentirme cómodo, confiado y seguro acudo a este lugar, sin mayor atractivo que el hecho de hacerme sentir en casa, quizás en el sentido más frío y banal de la palabra. Sin embargo, Buenos Aires no me hace sentir extranjero. Me da esa confianza de quien te ofrece su casa y te permite sentirla como tuya. Pero ay de ti si no agarras la mano que te tiende, no hay nada peor que Buenos Aires despechada.
Buenos Aires está poblada de esquinas con "barcitos", con cafetines, donde cada día a la misma hora viejos amigos y amigos viejos se juntan para tomar lo de siempre, hablar de lo de siempre y observar a través de una ventana las novedades que la vida trae hasta donde ellos están.
La avenida Corrientes, famosa por sus teatros (en algún momento fue el equivalente argentino de Broadway), de día parece una, de noche otra. De día su tráfico, sus comercios y sus pizzerias (dicen que las mejores del mundo, como no) implican un stress demasiado "corriente". Sus múltiples librerías son oasis donde dar descanso a los sentidos.
Por la noche se transforma. La luz del sol argentino (ese que sale en la bandera) deja paso a las luces de neón. Grandes puertas se abren y despiden, con la esperanza de un "hasta luego", a toda esa gente espectadora de historias de amor, dramas y musicales que nunca le pasan a uno.
Al llegar a Plaza de Mayo se respira un aire a historia como en pocos lugares he experimentado. Las huellas de las madres que reclamaban a sus hijos desaparecidos en tiempos no tan lejanos me hacen compartir un dolor y una angustia que atraviesan el tiempo para estar conmigo.
Por suerte, La Boca también es Buenos Aires. La Boca es un mundo de color, de tango, de anarquía. La Boca es otra cosa. Las casas vestidas con la pintura sobrante de los barcos que nacían en sus astilleros transforman un barrio humilde de Buenos Aires en una fiesta a la que estamos invitados los turistas, sus vecinos, los artesanos y pintores, y hasta una suerte de Maradona que regala su sonrisa y un recuerdo con él a quien quiera ayudarle a mantener su forma de vida. Quizás por todo ello La Boca nos recibe con un graffiti que nos indica que estamos entrando en la República Independiente de La Boca.
Buenos Aires es pura contradicción. Es una señora vestida con pieles, pero también es una adolescente rebelde en jeans. Es solidaria y egoísta. Es luminosa y oscura. Te acoge y te echa. Te acaricia y te golpea.
Cada vez que estoy en Buenos Aires constato porque la vez anterior dije que no volvía más, y sin embargo en la distancia sólo pienso en regresar. Recuerdo lo que me enamora de ella y regreso. Al llegar me vuelvo a decir "¿Pero serás boludo?"
En fin, tratar de definirla es como tratar de definir nuestros sentimientos, es querer encontrar la respuesta a las preguntas más universales. Para mi suerte y mi desgracia sólo puedo decir que, en mi mente y en mi corazón, Buenos Aires simplemente es Buenos Aires.
Para mí resulta ser esa ciudad mastodóntica, gigante, tan sumamente incómoda pero a la que, sin embargo, siempre quiero volver.
Vivir en Baires (como la llaman los porteños) te hace más fuerte o te mata. No hay término medio.
Si te desenvuelves en Buenos Aires, si llegas a conocerla y domesticarla, ten la seguridad de que no habrá ciudad del mundo que se te resista. Si por el contrario no le encuentras el punto, si te no acostumbras a su ritmo, hasta cierto punto violento, te engullirá y desaparecerás.
Buenos Aires es mi sueño y mi pesadilla. Es la ciudad en la que me retiraría, es ese lugar que tiene todo para ofrecer y todo te da. Pero también es la ciudad que hace realidad todos mis miedos, mis inseguridades e incomodidades (todas juntas).
Cantaba el polaco Goyeneche que "las vereditas de Buenos Aires tienen ese no-se-qué". Pues bien, ese no-se-qué son unos agujeros del tamaño de sandías, son unos desniveles que trasladan mi silla de ruedas a las dunas del desierto. Mi paseo por sus calles se convierten en toda una aventura (en el sentido menos amable de la palabra). Y ni hablar si hay que cruzar una calle transitada. Transitada no quiere decir MUY transitada, basta un vehículo para convertir ese acto tan cotidiano en cualquier otra ciudad en una actividad de alto riesgo. En Buenos Aires, las calles están hechas para los coches. Si la coyuntura de espacio y tiempo lo permiten, el peatón puede cruzar. ¿Qué si hay semáforos? Sí, ¿Qué si hay pasos de cebra? También, ¿y qué?
Pero el paseo por Buenos Aires también puede ser una aventura agradable, genial, fantástica.... Pasear por la calle Florida es una golosina para cualquier turista. A esa marabunta de gente que va y viene, que te lleva o te arrolla según el sentido de tu marcha, debes añadirle una banda sonora que incluye las voces de los "arbolitos" ofreciendo a los gritos cambiar euros o dólares por pesos, de los vendedores ambulantes que te seducen con tomates locos, autitos chocadores y a estas alturas seguro que también vuvuzelas de bolsillo. La música de las diferentes tiendas se mezcla formando una melodía disonante que te acompaña durante el paseo. El campo visual se te llena de una desprolijidad que te hipnotiza.
El antiguo mercado de Abasto, hoy convertido en un macro centro comercial ("Shopping") es mi reducto europeo. Cuando necesito sentirme cómodo, confiado y seguro acudo a este lugar, sin mayor atractivo que el hecho de hacerme sentir en casa, quizás en el sentido más frío y banal de la palabra. Sin embargo, Buenos Aires no me hace sentir extranjero. Me da esa confianza de quien te ofrece su casa y te permite sentirla como tuya. Pero ay de ti si no agarras la mano que te tiende, no hay nada peor que Buenos Aires despechada.
Buenos Aires está poblada de esquinas con "barcitos", con cafetines, donde cada día a la misma hora viejos amigos y amigos viejos se juntan para tomar lo de siempre, hablar de lo de siempre y observar a través de una ventana las novedades que la vida trae hasta donde ellos están.
La avenida Corrientes, famosa por sus teatros (en algún momento fue el equivalente argentino de Broadway), de día parece una, de noche otra. De día su tráfico, sus comercios y sus pizzerias (dicen que las mejores del mundo, como no) implican un stress demasiado "corriente". Sus múltiples librerías son oasis donde dar descanso a los sentidos.
Por la noche se transforma. La luz del sol argentino (ese que sale en la bandera) deja paso a las luces de neón. Grandes puertas se abren y despiden, con la esperanza de un "hasta luego", a toda esa gente espectadora de historias de amor, dramas y musicales que nunca le pasan a uno.
Al llegar a Plaza de Mayo se respira un aire a historia como en pocos lugares he experimentado. Las huellas de las madres que reclamaban a sus hijos desaparecidos en tiempos no tan lejanos me hacen compartir un dolor y una angustia que atraviesan el tiempo para estar conmigo.
Por suerte, La Boca también es Buenos Aires. La Boca es un mundo de color, de tango, de anarquía. La Boca es otra cosa. Las casas vestidas con la pintura sobrante de los barcos que nacían en sus astilleros transforman un barrio humilde de Buenos Aires en una fiesta a la que estamos invitados los turistas, sus vecinos, los artesanos y pintores, y hasta una suerte de Maradona que regala su sonrisa y un recuerdo con él a quien quiera ayudarle a mantener su forma de vida. Quizás por todo ello La Boca nos recibe con un graffiti que nos indica que estamos entrando en la República Independiente de La Boca.
Buenos Aires es pura contradicción. Es una señora vestida con pieles, pero también es una adolescente rebelde en jeans. Es solidaria y egoísta. Es luminosa y oscura. Te acoge y te echa. Te acaricia y te golpea.
Cada vez que estoy en Buenos Aires constato porque la vez anterior dije que no volvía más, y sin embargo en la distancia sólo pienso en regresar. Recuerdo lo que me enamora de ella y regreso. Al llegar me vuelvo a decir "¿Pero serás boludo?"
En fin, tratar de definirla es como tratar de definir nuestros sentimientos, es querer encontrar la respuesta a las preguntas más universales. Para mi suerte y mi desgracia sólo puedo decir que, en mi mente y en mi corazón, Buenos Aires simplemente es Buenos Aires.
no solo se te da bien leer a las ciudades, se te da mejor aun escribirlas,y lo dice uno que vivio alli de nacimiento, la volvió a sufrir de currante, y la disfruto de turista. para la reseña solo encuentro un adjetivo, exquisita¡¡
ResponderEliminarQue bonito Cris! me encanta, Buenos Aires seduce con tu descripcion.
ResponderEliminarTu lectura de Bs.As. es más nostálgica que un tango, y vos decididamente tenes sangre porteña. Me encantó!! esperamos que vuelvas siempre, aunque te sientas un boludo...
ResponderEliminarTus primos argentinos, Dolores y Jorge.
Muy Bueno..!una semblanza inquietante...! difícil conquistar a una "Santa María de los Buenos Aires"! a veces yo creo que es mía, pero no.....de todas maneras,como alguien dijo alguna vez "seremos boludos, pero somos una bocha" Marcelo Fileton.
ResponderEliminar¡qué linda evocación de Buenos Aires! Inteligente observación y mucha ternura.
ResponderEliminarPetons porteños
Noemí
Qué belleza primo! Me hiciste reír y lagrimear. Viene bien leer a buenos aires desde Catalunya, para volver con ganas de transitarla con tus ojos! Te espero por allá.
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