sábado, 14 de agosto de 2010

AMIGOS

Esperaba en una mesa del bar en el que habían quedado. Siempre le habían gustado esos lugares donde poder pasar la tarde leyendo y fumando, charlando y fumando, o simplemente fumando. Su mirada se perdía persiguiendo el humo que salía de su cigarrillo. Le recordaba una de esas cintas que vuelan por los aires para caer de nuevo en las manos de quinceañeras olímpicas.

Sin palabras pidió otro café.

Había quedado con su amigo, aquel con el que años atrás habían perseguido sueños imposibles tras las faldas de mujeres maduras con olor a peluquería. Recordó que su hermano nunca había tenido la puntualidad como una de sus principales virtudes, se sonrió y agarró el diario abandonado sobre la mesa de al lado.
Como siempre abrió el diario por la última página. Prefería dejar las malas noticias para el final y que, con suerte, algo o alguien no le permitiesen llegar hasta ellas.

Las voces del bar le acompañaban. El sonido del vapor de la máquina de café le transportaba a recuerdos de infancia donde jugaban a ser Tom Sawyer y su compinche Huckleberry Finn en la orilla del río, donde el pequeño buque hacía que los turistas se sintieran piratas y secuestradas doncellas durante 30 minutos. Ni el billete ni el río daban para más.

Miró por la ventana, todavía no lograba distinguir la silueta de su amigo. La última vez que lo vio iba enfundado en una gabardina como Bogart y oculto bajo un sombrero mexicano. Pensó "¿De qué marido vendrá escondiéndose ahora?". Después de tanto tiempo no estaba seguro de poder reconocerle.

A lo largo de los años había pensado muchas veces en él y se había inquietado ante la posibilidad de no volver a compartir nada, como habían hecho desde la infancia hasta que aquella universitaria levantó entre ellos un muro más frío que el de Berlín.
Al fin y al cabo ¿quién se acordaba ahora de ella? Bueno, en realidad él nunca la pudo olvidar. Pero hacerse esa pregunta le ayudaba a sentirse mejor.

Al otro lado de la barra alguien había decidido inundar el aire del local con notas de Cole Porter fluyendo del saxo inmortal de Charlie Parker. Por un momento creyó estar dentro de aquellas películas que espiaban juntos las noches de los lunes desde su habitación, y con las que soñaban ser Sam Spade en busca de halcones hechos con el material de los sueños o Rick Blaine y tener su propio café en Casablanca.

Otro sonido se añadió sin brusquedad a la ya cargada atmósfera. La lluvia había empezado a caer sobre la ciudad y poco a poco se iba imponiendo. En la acera de enfrente se veían siluetas saltar a la calzada para atrapar huidizos taxis. Dudó entre quedarse o seguir su camino una vez más. Pero ¿a dónde iba a ir con esa lluvia? Esa tarde la había reservado para su amigo, así que no tenia compromiso alguno. A riesgo de no dormir esa noche, pidió otro café más mientras encendía otro pitillo más. "El último", se mintió una vez más.

Le debía a su amigo el haber empezado a fumar. No sabía si agradecérselo o no llegar a perdonárselo nunca. En el instituto le había pedido consejo para que las chicas se fijasen en él, quería dejar de ser el escudero del príncipe de la secundaria con el que soñaban todas las princesitas del momento. Primer consejo: parecer mayor, interesante y maduro, es decir, fumar. El segundo: ser uno mismo. Lo cual era contradictorio con el primero, al menos en su caso, así que optó por fumar y adquirir la pose de esos actores en blanco y negro que llevaban colgadas de un ala a todas las muchachas de celuloide. Algún tiempo más tarde descubrió que no era cuestión de pose, había que tener algo más.

En pago, él intentó infundir en su amigo el amor por los cines de barrio, por las sesiones dobles en que se mezclaban naves espaciales comandadas por Flash Gordon intentando destruir los cañones de Navarone antes que Gregory Peck. Y lo consiguió, más o menos. Consiguió que su amigo apreciase esos lugares que, en el cobijo de su oscuridad, le permitían abrazar a sus lindas acompañantes sin que ellas se sintiesen del todo incómodas.

La noche llegaba al bar antes que su amigo. Sin embargo, seguía manteniendo la tranquilidad y la confianza en él. Estaba seguro de que acudiría a la cita.

A pesar de tantas mudanzas, rupturas e inicios en su vida, siempre había conservado las fotos que acompañaban su historia en común. De una u otra forma su amigo siempre había estado presente en los momentos más importantes de su vida y eso merecía, como mínimo, tenerle paciencia.

A los pocos minutos una voz profunda saludó desde la puerta con un "Buenas noches" respondido por los habitantes de la barra, de uno y del otro lado. Sintió que esa voz era diferente. Esa voz recorrió el tiempo y la distancia que los había unido todavía más. Se incorporó y levantó la cabeza. Ahí estaba él. Su amigo del alma había sido fiel a su promesa de acudir. Sabía que iba a llegar a pesar de las dificultades y los obstáculos que pudiese encontrar por el camino porqué, desde los tiempos de canchitas de fútbol hasta los de noches en vela, continuamente habían presumido de que la amistad entre ellos siempre iba a ser lo primero.

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