A mis amigos les pasan cosas que no siempre entiendo
A mis amigos les encanta inspirar canciones de amor
A mis amigos les gusta beberse la vida en copa
A mis amigos les come la impaciencia cuando se paran
A mis amigos les emociona volar, escaparse y soñar
A mis amigos les leo en cada palabra que dicen
A mis amigos les sigo cuando labran el camino
A mis amigos les agradezco que me ayuden a crecer
A mis amigos les apuesto la amistad y nunca perdemos
A mis amigos les quiero aunque me creen adicción
viernes, 20 de agosto de 2010
sábado, 14 de agosto de 2010
AMIGOS
Esperaba en una mesa del bar en el que habían quedado. Siempre le habían gustado esos lugares donde poder pasar la tarde leyendo y fumando, charlando y fumando, o simplemente fumando. Su mirada se perdía persiguiendo el humo que salía de su cigarrillo. Le recordaba una de esas cintas que vuelan por los aires para caer de nuevo en las manos de quinceañeras olímpicas.
Sin palabras pidió otro café.
Había quedado con su amigo, aquel con el que años atrás habían perseguido sueños imposibles tras las faldas de mujeres maduras con olor a peluquería. Recordó que su hermano nunca había tenido la puntualidad como una de sus principales virtudes, se sonrió y agarró el diario abandonado sobre la mesa de al lado.
Como siempre abrió el diario por la última página. Prefería dejar las malas noticias para el final y que, con suerte, algo o alguien no le permitiesen llegar hasta ellas.
Las voces del bar le acompañaban. El sonido del vapor de la máquina de café le transportaba a recuerdos de infancia donde jugaban a ser Tom Sawyer y su compinche Huckleberry Finn en la orilla del río, donde el pequeño buque hacía que los turistas se sintieran piratas y secuestradas doncellas durante 30 minutos. Ni el billete ni el río daban para más.
Miró por la ventana, todavía no lograba distinguir la silueta de su amigo. La última vez que lo vio iba enfundado en una gabardina como Bogart y oculto bajo un sombrero mexicano. Pensó "¿De qué marido vendrá escondiéndose ahora?". Después de tanto tiempo no estaba seguro de poder reconocerle.
A lo largo de los años había pensado muchas veces en él y se había inquietado ante la posibilidad de no volver a compartir nada, como habían hecho desde la infancia hasta que aquella universitaria levantó entre ellos un muro más frío que el de Berlín.
Al fin y al cabo ¿quién se acordaba ahora de ella? Bueno, en realidad él nunca la pudo olvidar. Pero hacerse esa pregunta le ayudaba a sentirse mejor.
Al otro lado de la barra alguien había decidido inundar el aire del local con notas de Cole Porter fluyendo del saxo inmortal de Charlie Parker. Por un momento creyó estar dentro de aquellas películas que espiaban juntos las noches de los lunes desde su habitación, y con las que soñaban ser Sam Spade en busca de halcones hechos con el material de los sueños o Rick Blaine y tener su propio café en Casablanca.
Otro sonido se añadió sin brusquedad a la ya cargada atmósfera. La lluvia había empezado a caer sobre la ciudad y poco a poco se iba imponiendo. En la acera de enfrente se veían siluetas saltar a la calzada para atrapar huidizos taxis. Dudó entre quedarse o seguir su camino una vez más. Pero ¿a dónde iba a ir con esa lluvia? Esa tarde la había reservado para su amigo, así que no tenia compromiso alguno. A riesgo de no dormir esa noche, pidió otro café más mientras encendía otro pitillo más. "El último", se mintió una vez más.
Le debía a su amigo el haber empezado a fumar. No sabía si agradecérselo o no llegar a perdonárselo nunca. En el instituto le había pedido consejo para que las chicas se fijasen en él, quería dejar de ser el escudero del príncipe de la secundaria con el que soñaban todas las princesitas del momento. Primer consejo: parecer mayor, interesante y maduro, es decir, fumar. El segundo: ser uno mismo. Lo cual era contradictorio con el primero, al menos en su caso, así que optó por fumar y adquirir la pose de esos actores en blanco y negro que llevaban colgadas de un ala a todas las muchachas de celuloide. Algún tiempo más tarde descubrió que no era cuestión de pose, había que tener algo más.
En pago, él intentó infundir en su amigo el amor por los cines de barrio, por las sesiones dobles en que se mezclaban naves espaciales comandadas por Flash Gordon intentando destruir los cañones de Navarone antes que Gregory Peck. Y lo consiguió, más o menos. Consiguió que su amigo apreciase esos lugares que, en el cobijo de su oscuridad, le permitían abrazar a sus lindas acompañantes sin que ellas se sintiesen del todo incómodas.
La noche llegaba al bar antes que su amigo. Sin embargo, seguía manteniendo la tranquilidad y la confianza en él. Estaba seguro de que acudiría a la cita.
A pesar de tantas mudanzas, rupturas e inicios en su vida, siempre había conservado las fotos que acompañaban su historia en común. De una u otra forma su amigo siempre había estado presente en los momentos más importantes de su vida y eso merecía, como mínimo, tenerle paciencia.
A los pocos minutos una voz profunda saludó desde la puerta con un "Buenas noches" respondido por los habitantes de la barra, de uno y del otro lado. Sintió que esa voz era diferente. Esa voz recorrió el tiempo y la distancia que los había unido todavía más. Se incorporó y levantó la cabeza. Ahí estaba él. Su amigo del alma había sido fiel a su promesa de acudir. Sabía que iba a llegar a pesar de las dificultades y los obstáculos que pudiese encontrar por el camino porqué, desde los tiempos de canchitas de fútbol hasta los de noches en vela, continuamente habían presumido de que la amistad entre ellos siempre iba a ser lo primero.
sábado, 7 de agosto de 2010
MI BUENOS AIRES
Me preguntan por Buenos Aires, ¿y qué puedo contar que no se haya contado ya? Lo único que puedo hacer es contar cómo la vivo yo, cómo la siento.
Para mí resulta ser esa ciudad mastodóntica, gigante, tan sumamente incómoda pero a la que, sin embargo, siempre quiero volver.
Vivir en Baires (como la llaman los porteños) te hace más fuerte o te mata. No hay término medio.
Si te desenvuelves en Buenos Aires, si llegas a conocerla y domesticarla, ten la seguridad de que no habrá ciudad del mundo que se te resista. Si por el contrario no le encuentras el punto, si te no acostumbras a su ritmo, hasta cierto punto violento, te engullirá y desaparecerás.
Buenos Aires es mi sueño y mi pesadilla. Es la ciudad en la que me retiraría, es ese lugar que tiene todo para ofrecer y todo te da. Pero también es la ciudad que hace realidad todos mis miedos, mis inseguridades e incomodidades (todas juntas).
Cantaba el polaco Goyeneche que "las vereditas de Buenos Aires tienen ese no-se-qué". Pues bien, ese no-se-qué son unos agujeros del tamaño de sandías, son unos desniveles que trasladan mi silla de ruedas a las dunas del desierto. Mi paseo por sus calles se convierten en toda una aventura (en el sentido menos amable de la palabra). Y ni hablar si hay que cruzar una calle transitada. Transitada no quiere decir MUY transitada, basta un vehículo para convertir ese acto tan cotidiano en cualquier otra ciudad en una actividad de alto riesgo. En Buenos Aires, las calles están hechas para los coches. Si la coyuntura de espacio y tiempo lo permiten, el peatón puede cruzar. ¿Qué si hay semáforos? Sí, ¿Qué si hay pasos de cebra? También, ¿y qué?
Pero el paseo por Buenos Aires también puede ser una aventura agradable, genial, fantástica.... Pasear por la calle Florida es una golosina para cualquier turista. A esa marabunta de gente que va y viene, que te lleva o te arrolla según el sentido de tu marcha, debes añadirle una banda sonora que incluye las voces de los "arbolitos" ofreciendo a los gritos cambiar euros o dólares por pesos, de los vendedores ambulantes que te seducen con tomates locos, autitos chocadores y a estas alturas seguro que también vuvuzelas de bolsillo. La música de las diferentes tiendas se mezcla formando una melodía disonante que te acompaña durante el paseo. El campo visual se te llena de una desprolijidad que te hipnotiza.
El antiguo mercado de Abasto, hoy convertido en un macro centro comercial ("Shopping") es mi reducto europeo. Cuando necesito sentirme cómodo, confiado y seguro acudo a este lugar, sin mayor atractivo que el hecho de hacerme sentir en casa, quizás en el sentido más frío y banal de la palabra. Sin embargo, Buenos Aires no me hace sentir extranjero. Me da esa confianza de quien te ofrece su casa y te permite sentirla como tuya. Pero ay de ti si no agarras la mano que te tiende, no hay nada peor que Buenos Aires despechada.
Buenos Aires está poblada de esquinas con "barcitos", con cafetines, donde cada día a la misma hora viejos amigos y amigos viejos se juntan para tomar lo de siempre, hablar de lo de siempre y observar a través de una ventana las novedades que la vida trae hasta donde ellos están.
La avenida Corrientes, famosa por sus teatros (en algún momento fue el equivalente argentino de Broadway), de día parece una, de noche otra. De día su tráfico, sus comercios y sus pizzerias (dicen que las mejores del mundo, como no) implican un stress demasiado "corriente". Sus múltiples librerías son oasis donde dar descanso a los sentidos.
Por la noche se transforma. La luz del sol argentino (ese que sale en la bandera) deja paso a las luces de neón. Grandes puertas se abren y despiden, con la esperanza de un "hasta luego", a toda esa gente espectadora de historias de amor, dramas y musicales que nunca le pasan a uno.
Al llegar a Plaza de Mayo se respira un aire a historia como en pocos lugares he experimentado. Las huellas de las madres que reclamaban a sus hijos desaparecidos en tiempos no tan lejanos me hacen compartir un dolor y una angustia que atraviesan el tiempo para estar conmigo.
Por suerte, La Boca también es Buenos Aires. La Boca es un mundo de color, de tango, de anarquía. La Boca es otra cosa. Las casas vestidas con la pintura sobrante de los barcos que nacían en sus astilleros transforman un barrio humilde de Buenos Aires en una fiesta a la que estamos invitados los turistas, sus vecinos, los artesanos y pintores, y hasta una suerte de Maradona que regala su sonrisa y un recuerdo con él a quien quiera ayudarle a mantener su forma de vida. Quizás por todo ello La Boca nos recibe con un graffiti que nos indica que estamos entrando en la República Independiente de La Boca.
Buenos Aires es pura contradicción. Es una señora vestida con pieles, pero también es una adolescente rebelde en jeans. Es solidaria y egoísta. Es luminosa y oscura. Te acoge y te echa. Te acaricia y te golpea.
Cada vez que estoy en Buenos Aires constato porque la vez anterior dije que no volvía más, y sin embargo en la distancia sólo pienso en regresar. Recuerdo lo que me enamora de ella y regreso. Al llegar me vuelvo a decir "¿Pero serás boludo?"
En fin, tratar de definirla es como tratar de definir nuestros sentimientos, es querer encontrar la respuesta a las preguntas más universales. Para mi suerte y mi desgracia sólo puedo decir que, en mi mente y en mi corazón, Buenos Aires simplemente es Buenos Aires.
Para mí resulta ser esa ciudad mastodóntica, gigante, tan sumamente incómoda pero a la que, sin embargo, siempre quiero volver.
Vivir en Baires (como la llaman los porteños) te hace más fuerte o te mata. No hay término medio.
Si te desenvuelves en Buenos Aires, si llegas a conocerla y domesticarla, ten la seguridad de que no habrá ciudad del mundo que se te resista. Si por el contrario no le encuentras el punto, si te no acostumbras a su ritmo, hasta cierto punto violento, te engullirá y desaparecerás.
Buenos Aires es mi sueño y mi pesadilla. Es la ciudad en la que me retiraría, es ese lugar que tiene todo para ofrecer y todo te da. Pero también es la ciudad que hace realidad todos mis miedos, mis inseguridades e incomodidades (todas juntas).
Cantaba el polaco Goyeneche que "las vereditas de Buenos Aires tienen ese no-se-qué". Pues bien, ese no-se-qué son unos agujeros del tamaño de sandías, son unos desniveles que trasladan mi silla de ruedas a las dunas del desierto. Mi paseo por sus calles se convierten en toda una aventura (en el sentido menos amable de la palabra). Y ni hablar si hay que cruzar una calle transitada. Transitada no quiere decir MUY transitada, basta un vehículo para convertir ese acto tan cotidiano en cualquier otra ciudad en una actividad de alto riesgo. En Buenos Aires, las calles están hechas para los coches. Si la coyuntura de espacio y tiempo lo permiten, el peatón puede cruzar. ¿Qué si hay semáforos? Sí, ¿Qué si hay pasos de cebra? También, ¿y qué?
Pero el paseo por Buenos Aires también puede ser una aventura agradable, genial, fantástica.... Pasear por la calle Florida es una golosina para cualquier turista. A esa marabunta de gente que va y viene, que te lleva o te arrolla según el sentido de tu marcha, debes añadirle una banda sonora que incluye las voces de los "arbolitos" ofreciendo a los gritos cambiar euros o dólares por pesos, de los vendedores ambulantes que te seducen con tomates locos, autitos chocadores y a estas alturas seguro que también vuvuzelas de bolsillo. La música de las diferentes tiendas se mezcla formando una melodía disonante que te acompaña durante el paseo. El campo visual se te llena de una desprolijidad que te hipnotiza.
El antiguo mercado de Abasto, hoy convertido en un macro centro comercial ("Shopping") es mi reducto europeo. Cuando necesito sentirme cómodo, confiado y seguro acudo a este lugar, sin mayor atractivo que el hecho de hacerme sentir en casa, quizás en el sentido más frío y banal de la palabra. Sin embargo, Buenos Aires no me hace sentir extranjero. Me da esa confianza de quien te ofrece su casa y te permite sentirla como tuya. Pero ay de ti si no agarras la mano que te tiende, no hay nada peor que Buenos Aires despechada.
Buenos Aires está poblada de esquinas con "barcitos", con cafetines, donde cada día a la misma hora viejos amigos y amigos viejos se juntan para tomar lo de siempre, hablar de lo de siempre y observar a través de una ventana las novedades que la vida trae hasta donde ellos están.
La avenida Corrientes, famosa por sus teatros (en algún momento fue el equivalente argentino de Broadway), de día parece una, de noche otra. De día su tráfico, sus comercios y sus pizzerias (dicen que las mejores del mundo, como no) implican un stress demasiado "corriente". Sus múltiples librerías son oasis donde dar descanso a los sentidos.
Por la noche se transforma. La luz del sol argentino (ese que sale en la bandera) deja paso a las luces de neón. Grandes puertas se abren y despiden, con la esperanza de un "hasta luego", a toda esa gente espectadora de historias de amor, dramas y musicales que nunca le pasan a uno.
Al llegar a Plaza de Mayo se respira un aire a historia como en pocos lugares he experimentado. Las huellas de las madres que reclamaban a sus hijos desaparecidos en tiempos no tan lejanos me hacen compartir un dolor y una angustia que atraviesan el tiempo para estar conmigo.
Por suerte, La Boca también es Buenos Aires. La Boca es un mundo de color, de tango, de anarquía. La Boca es otra cosa. Las casas vestidas con la pintura sobrante de los barcos que nacían en sus astilleros transforman un barrio humilde de Buenos Aires en una fiesta a la que estamos invitados los turistas, sus vecinos, los artesanos y pintores, y hasta una suerte de Maradona que regala su sonrisa y un recuerdo con él a quien quiera ayudarle a mantener su forma de vida. Quizás por todo ello La Boca nos recibe con un graffiti que nos indica que estamos entrando en la República Independiente de La Boca.
Buenos Aires es pura contradicción. Es una señora vestida con pieles, pero también es una adolescente rebelde en jeans. Es solidaria y egoísta. Es luminosa y oscura. Te acoge y te echa. Te acaricia y te golpea.
Cada vez que estoy en Buenos Aires constato porque la vez anterior dije que no volvía más, y sin embargo en la distancia sólo pienso en regresar. Recuerdo lo que me enamora de ella y regreso. Al llegar me vuelvo a decir "¿Pero serás boludo?"
En fin, tratar de definirla es como tratar de definir nuestros sentimientos, es querer encontrar la respuesta a las preguntas más universales. Para mi suerte y mi desgracia sólo puedo decir que, en mi mente y en mi corazón, Buenos Aires simplemente es Buenos Aires.
miércoles, 4 de agosto de 2010
A ESA MUJER SOÑADA
Ayer me dormí contigo, esta noche soñé contigo, hoy amanecí contigo.
Hace días okupaste mi corazón, hace noches acariciaste mi alma.
Hoy suspiro tu imagen, tu recuerdo me arrulla, escucho tu sonrisa.
Sin hacer ruido me acerqué a tu distancia y sin que lo notases me alejé de tu cercanía.
La música me trajo las notas de tu nombre, la luz me guió al olor de tu piel.
Tu voz me ofrece el sí, tu mirada me regala el no.
Dicen de mí que muero de amor, pero no saben que vivo de ti.
Me tiré al rio y me devolvió el mar,
Te quise soñar y sólo pude volar.
Te sentí a través de mí y te perdí a pesar de ti.
Hace días okupaste mi corazón, hace noches acariciaste mi alma.
Hoy suspiro tu imagen, tu recuerdo me arrulla, escucho tu sonrisa.
Sin hacer ruido me acerqué a tu distancia y sin que lo notases me alejé de tu cercanía.
La música me trajo las notas de tu nombre, la luz me guió al olor de tu piel.
Tu voz me ofrece el sí, tu mirada me regala el no.
Dicen de mí que muero de amor, pero no saben que vivo de ti.
Me tiré al rio y me devolvió el mar,
Te quise soñar y sólo pude volar.
Te sentí a través de mí y te perdí a pesar de ti.
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